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¿Qué se necesita para progresar y ascender socialmente?

¿Qué es lo que genera el éxito? Las habilidades cognitivas son importantes, pero también lo son ciertas fortalezas difíciles de medir que caen dentro de lo que en ocasiones se llama carácter.

Richard Reeves, del centro de investigaciones Brookings, ha hecho investigaciones sobre la persistencia de las desventajas sociales y económicas durante mucho tiempo. A menudo centra su atención en habilidades no cognitivas.

En un artículo de 2014 titulado The Character Factor: Measures and Impact of Drive and Prudence, Reeves y dos coautores, Kimberly Howard y Joanna Venator, se enfocan en lo que llaman “fortaleza de carácter para el desempeño” y el papel crucial que tienen las habilidades no cognitivas en los logros educativos, el empleo y el sueldo. Estas fortalezas de carácter —“la perseverancia, la laboriosidad, la firmeza, la resistencia, la curiosidad, la diligencia”, así como “el autocontrol, la orientación hacia el futuro, la autodisciplina, el control de impulsos o el retraso de la gratificación”— contribuyen de manera significativa al éxito en la edad adulta y al ascenso social.

 

Un estudio sobre participantes en la National Longitudinal Survey of Youth realizada en Estados Unidos en 1979, señala Reeves, encontró que quienes fueron identificados como “impacientes o inquietos durante su entrevista tuvieron el 55 por ciento más de probabilidades de abandonar la preparatoria que aquellos que el entrevistador no juzgó como impacientes o inquietos. También ganaban en promedio el 13 por ciento menos en su madurez”.

Los intentos para elaborar estrategias educativas que promuevan el desarrollo de las habilidades no cognitivas todavía están en etapas tempranas. Se han llevado a cabo muchos experimentos en vecindarios con elevados niveles de pobreza y crimen, donde los desafíos para desarrollar habilidades no cognitivas han sido mayores.

James Heckman, economista de la Universidad de Chicago ganador del Nobel, es un experto en la evaluación de la utilidad económica de las habilidades no cognitivas.

En un artículo de 2011, titulado The American Family in Black and White, Heckman argumenta que un factor clave para determinar las perspectivas a futuro de un niño es si crece en una familia con un solo progenitor o con ambos, una brecha que también se hace evidente “entre los entornos de los hijos de una mujer con más educación y los entornos de los niños de mujeres con un nivel de educación bajo”.

Menos del diez por ciento de las mujeres con licenciatura tuvieron hijos fuera del matrimonio en 2011, escribe Heckman, quien considera que esas mujeres “brindan ambientes de crianza más enriquecedores, que producen diferencias drásticas en el vocabulario y el desempeño intelectual del niño, así como en la educación y la disciplina”.

En contraste, las madres en desventaja económica o educativa, en especial las solteras, tienen una capacidad reducida para poner en marcha las mejores prácticas de crianza debido a falta de tiempo, dinero, apoyo emocional y experiencia, dice Heckman. Estas madres, escribe, “alientan menos a sus hijos” y los padres en crianza “tienden a involucrarse menos con el trabajo de sus hijos en la escuela”.

La recompensa de las intervenciones exitosas en niños pequeños va más allá de los resultados inmediatos, según Heckman. “Las habilidades engendran habilidades”, sostiene, señalando que “las inversiones de hoy aumentan el inventario de las habilidades futuras, lo que a su vez aumenta el rendimiento de las inversiones futuras: un fenómeno conocido como complementariedad dinámica”.

Paul Tough, un escritor influenciado por el trabajo de Heckman, hizo notar el año pasado en un ensayo publicado en la revista The Atlantic que las investigaciones revelan que “es más probable que los estudiantes muestren estos hábitos académicos positivos cuando están en un entorno que les genera un sentido de pertenencia, independencia y crecimiento”, y donde “experimentan afinidad, autonomía y competencia”.

Este tipo de entornos son difíciles de replicar en vecindarios donde se concentra la pobreza. En cambio, escribe Tough, muchos de los niños criados en estas áreas empobrecidas han desarrollado un “mecanismo hiperactivo de lucha o huida” que lanza una advertencia “con el volumen de una alarma de auto: no pertenezco aquí”. A esto se suma “el hecho de que muchos niños criados en la adversidad, para cuando llegan a la secundaria o la preparatoria, están significativamente más retrasados que sus compañeros en términos académicos y tienen una probabilidad desproporcionadamente más alta de tener antecedentes de confrontaciones con los directivos de las escuelas”.

El resultado es un círculo vicioso: la disfuncionalidad familiar perpetúa las desventajas al crear barreras para el desarrollo de las habilidades cognitivas y no cognitivas, lo que a su vez reduce drásticamente el acceso a la universidad. La falta de educación superior reduce las oportunidades en la vida, incluyendo la posibilidad de conseguir recursos materiales adecuados y una estructura familiar estable para la siguiente generación.

Hay una buena cantidad de datos que describen este círculo vicioso.

En 2013, un análisis realizado por el Buró de Estadísticas Laborales sobre el estado civil de hombres y mujeres a sus 46 años descubrió que la tasa de divorcio en aquellos que solo terminaron la preparatoria, del 49 por ciento, es del doble de la de los graduados universitarios, que es del 23,7 por ciento. Quienes tienen un nivel educativo más bajo se casan más jóvenes, a los 24,8 años, que quienes tienen carrera universitaria, a los 27,2 años.

Una división aún más marcada se ha desarrollado en los últimos años en términos de las tasas de matrimonio y la proporción de nacimientos fuera del matrimonio. Un estudio realizado en 2016 que fue publicado por los Institutos Nacionales de Salud estadounidenses, titulado Diverging Patterns in Marriage, Cohabitation, and Childbearing, muestra que el problema va más allá de las fronteras de género. El estudio encontró que, en 1950, había muy pocas diferencias entre los tipos de familias de los graduados de preparatoria y los graduados de universidad cuando tenían entre 30 y 44 años: el 70 por ciento de las mujeres con licenciatura y el 80 por ciento de las que habían concluido la preparatoria estaban casadas. Para 2010, las tasas de matrimonio habían caído al 56 por ciento entre quienes solo habían terminado la preparatoria, pero se redujeron únicamente un punto porcentual entre aquellas que tenían carreras universitarias.

Las diferencias más grandes según el nivel educativo alcanzado por las madres estaban relacionadas con los hijos fuera del matrimonio, que eran escasos en 1950, pero comenzaron a aumentar al tiempo que las tasas de matrimonios bajaron. Para 1980 la tasa de nacimientos fuera del matrimonio para mujeres con estudios universitarios era del cinco por ciento; aumentó al 11 por ciento en 2013. Para las mujeres con preparatoria terminada, aumentó del 24 por ciento en 1980 al 58 por ciento en 2013.

Visto desde un ángulo diferente, en 1980 las mujeres con preparatoria terminada tenían una probabilidad 19 puntos mayor de tener un hijo fuera del matrimonio que aquellas con carrera universitaria; para 2013, la probabilidad ya era de 47 puntos.

Los autores del artículo —Shelly Lundberg y Jenna Stearns, de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Robert A. Pollak, de la Universidad de Washington en Saint Louis— sostienen que “el rendimiento esperado de las inversiones en los hijos que hacen los padres con recursos limitados y futuros inciertos puede ser inferior que el de los padres con niveles educativos más altos, con una capacidad de inversión más grande y segura”.

¿Qué se debe hacer con estos hallazgos?

En primer lugar, el espectro de habilidades no cognitivas y fortalezas de carácter es un factor muy importante en la estratificación de clases en Estados Unidos. No está claro aún si estos factores son más o menos importantes que las fuerzas externas como la globalización, la automatización y la decreciente sindicalización, pero las estructuras familiares cambiantes evidentemente están dejando a millones de hombres y mujeres mal preparados para ascender de nivel socioeconómico.

En segundo lugar, ni los líderes religiosos ni los políticos practicantes ni los burócratas han encontrado las palancas que realmente hacen más estables o funcionales a las familias en desventaja. Como corolario, el fracaso de los esfuerzos gubernamentales para impactar o desacelerar los desarrollos negativos ha dejado un espacio abierto para que los conservadores argumenten que las intervenciones por parte del gobierno solo empeoran las cosas.

Este y otras acusaciones relacionadas continuarán persiguiendo a los candidatos demócratas en 2018 y 2020 a menos que los defensores de políticas progresistas puedan encontrar maneras de subrayar y capitalizar de manera más eficiente el amplio suministro de fortalezas de carácter que son evidentes entre los pobres de Estados Unidos. Esto es extraordinariamente importante.

Los defensores de las personas en desventaja también deben subrayar y capitalizar las muchas soluciones para la pobreza cuya eficiencia es demostrable y que son bien conocidas entre las comunidades académicas, de investigación y de organizaciones sin fines de lucro. Sin organismos y activismo mejor financiados y diseñados a favor de los pobres, la propaganda y las acusaciones que emanan desde la derecha darán inevitablemente una nueva forma a la ley y, una vez institucionalizados, tales “remedios” podrían ser tremendamente difíciles de revertir.

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